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Descubrir la cultura europea · 24 de octubre de 2026

Monstruos de segunda mano

En Brighton, jóvenes artistas convierten juguetes desechados en monstruos fantásticos. Tras los talleres y la animación digital, sus criaturas cobrarán vida en una proyección durante B.fest.

Ilustración con lápices de colores de un estudio fotográfico improvisado donde monstruos hechos de juguetes reciclados, con brazos de peluche, ruedas y tentáculos, posan ante una cámara.
Los juguetes desechados se convierten en monstruos: una escena imaginaria mezcla peluche, plástico y metal ante una cámara. Ilustración artística del proyecto Monster Mashed; no es una fotografía de los talleres. Fuente de la imagen: ISKRA-SMOKA / con apoyo de IA

¿Qué se puede hacer con un robot de juguete al que le falta un brazo? ¿O con un peluche que ya nadie quiere, o una figura de plástico pasada de moda? En Brighton han encontrado una respuesta insólita: desmontarlos, mezclar las piezas y crear un monstruo. Quizá el robot termine con cabeza de animal; quizá a una pequeña figura le broten tentáculos. Lo que antes era un juguete abandonado adquiere una forma nueva y, el sábado por la noche, una segunda vida sobre la fachada de un edificio.

El proyecto se llama Monster Mashed. En el Brighton Youth Centre, un grupo de jóvenes ha transformado juguetes desechados en criaturas híbridas nacidas de la imaginación. El 24 de octubre, sus creaciones se proyectarán como un cortometraje de animación sobre el edificio durante la inauguración del festival juvenil de artes B.fest. La iniciativa forma parte también de Dreamy Place, un festival dedicado al arte digital, la tecnología creativa y nuevas maneras de contemplar nuestro entorno.

Del cementerio de juguetes al taller

Figuras de plástico, pequeños robots, animales de peluche y restos de juguetes tienen algo en común: cuando se rompen o dejan de utilizarse, a menudo acaban en la basura. Sin embargo, todavía contienen materiales, colores y formas que se pueden aprovechar.

Los artistas David y Tamsin Allistone, de Exploring Senses, convirtieron esos objetos en el punto de partida de un proyecto artístico poco habitual. Invitaron a jóvenes de entre 13 y 18 años a fabricar sus propios monstruos con juguetes descartados. El primer taller tuvo lugar el 29 de septiembre. No se trataba de reparar nada ni de devolver a las figuras su aspecto original, sino de desmontarlas, recomponerlas y transformarlas libremente. Así surgieron seres imaginarios hechos con piezas de juguetes diferentes, sin necesidad de obedecer a ningún modelo.

Al fin y al cabo, una criatura puede ser máquina y animal a la vez, tener varios ojos o llevar extremidades que antes pertenecían a figuras completamente distintas. Lo que a primera vista parece una manualidad disparatada plantea también una pregunta: ¿cuándo llega realmente al final de su vida útil un objeto?

Cuando el plástico adquiere personalidad

Un juguete comprado en una tienda suele tener un aspecto definitivo. Alguien ha decidido cómo será, qué representará y qué historia lo acompañará. El toy hacking, es decir, desmontar y modificar juguetes con fines creativos, invierte esta relación. Ya no es el fabricante quien decide la apariencia final, sino quien vuelve a combinar las piezas.

Incluso los supuestos errores adquieren valor. Un ojo torcido, una cabeza desproporcionada o un brazo colocado en un sitio inesperado podrían considerarse defectos de fabricación. En un monstruo, precisamente esas rarezas pueden darle un carácter único.

Pero el trabajo no terminó al ensamblar las criaturas. En un segundo taller, celebrado el 6 de octubre, los participantes las trasladaron al mundo digital. Fotografiaron sus figuras y editaron las imágenes con Procreate. Los collages digitales, los nuevos fondos y la animación permitieron dar movimiento a unos seres que hasta entonces permanecían inmóviles.

Cuando una fachada se convierte en cine de monstruos

David y Tamsin Allistone reúnen los trabajos de los jóvenes en un cortometraje colectivo. Está previsto que el sábado, entre las seis y las nueve de la tarde, se proyecte repetidamente sobre la fachada del Brighton Youth Centre. La actividad es gratuita.

El lugar no se ha elegido por casualidad. En el Brighton Youth Centre, los jóvenes pueden hacer música, teatro, arte y organizar sus propias actividades. B.fest ofrece cada año un escaparate público a ese trabajo. En 2026, el festival juvenil de artes se celebra del 24 al 30 de octubre y se presenta como una iniciativa creada por jóvenes y para jóvenes.

El programa incluye, entre otras propuestas, conciertos, danza, cine y arte urbano. Los participantes no son solamente espectadores: intervienen en la planificación y la creación. Monster Mashed representa muy bien esa idea. Las figuras nacieron de las propuestas de los jóvenes, mientras que los artistas profesionales les ayudaron a desarrollarlas. El resultado podrá verlo ahora toda la ciudad.

Otra respuesta a la cultura de usar y tirar

El proyecto aborda también una cuestión que va mucho más allá del arte y los juguetes: qué hacemos con aquello que ya no necesitamos. Reutilizar no significa siempre devolver a un objeto su función inicial. A veces, transformarlo abre posibilidades nuevas.

Una figura de plástico sigue siendo de plástico después de convertirse en monstruo. Eso, por sí solo, no resuelve el problema de los residuos. Pero enseña a los participantes a mirar los objetos de otra manera: no solo como productos acabados, sino como materiales con los que se puede seguir creando.

Esta idea encaja con Dreamy Place, que tiene lugar en Brighton del 23 al 25 de octubre. El festival explora las relaciones entre arte, tecnología y medioambiente. Monster Mashed se acerca a estos asuntos de forma lúdica: en lugar de dar lecciones sobre la basura, muestra lo que puede surgir de cosas aparentemente inútiles.

Una vida nueva para juguetes viejos

Los monstruos que aparecerán en Brighton el sábado por la noche no proceden de leyendas antiguas. Nacen de la imaginación de los jóvenes y de una colección de juguetes abandonados.

Un robot que perdió un brazo quizá forme ahora parte de una criatura completamente distinta. Una figura de plástico que ya nadie quería tal vez encuentre un lugar en un cortometraje. No es una revolución tecnológica ni la solución a todos los problemas de residuos. Pero sí recuerda, con ingenio, que el valor de un objeto no tiene por qué desaparecer cuando termina su uso original.

A veces hay que desmontar algo para descubrir todo lo que todavía puede llegar a ser. Y a veces basta con añadir unos cuantos ojos a un viejo juguete para conseguir que todos vuelvan a mirarlo.