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Descubrir la cultura europea · 16 de octubre de 2026

Un instante que dio la vuelta al mundo

Hace 50 años, Manel Armengol fotografió la violencia policial en una manifestación de Barcelona. Ahora el festival de fotografía analógica Revela’t lo homenajea en Vilassar de Dalt, una zona afectada por las lluvias.

Ilustración a lápiz y lápices de colores: un fotógrafo mayor, de pelo blanco, camisa roja y chaleco oscuro, señala una fotografía en blanco y negro de una manifestación; hay otras imágenes en la pared de la sala.
Manel Armengol ante las fotografías de las manifestaciones de 1976. Ilustración libre a lápiz inspirada en un reportaje de RTVE; no representa documentalmente el festival Revela’t. Fuente de la imagen: Ilustración: ISKRA SMOKA (con ayuda de IA)

Vilassar de Dalt, 16 de octubre de 2026. Cámaras, carretes, papel fotográfico e imágenes que cuentan historias: este viernes arranca el fin de semana principal de Revela’t, el festival internacional de fotografía que se celebra en esta localidad catalana. Hasta el domingo se reunirán fotógrafos, artistas y visitantes apasionados por la fotografía analógica. Entre exposiciones, talleres y conversaciones, el protagonismo recaerá en un hombre cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo hace cincuenta años: Manel Armengol. El festival le entregará el viernes su Distintivo de Plata.

Esta edición se celebra en circunstancias poco habituales. Las lluvias torrenciales de principios de octubre dañaron carreteras, derribaron muros y arrastraron escombros por las rieras de la comarca costera del Maresme. En la vecina Vilassar de Mar hubo que aplazar incluso un concierto y una representación teatral. Mientras tanto, Vilassar de Dalt sigue preparando el gran fin de semana del festival.

Una de sus sedes es la antigua fábrica Cal Garbat. Allí Armengol presenta Manifestacions a Barcelona, 1976, una exposición que lleva a los visitantes a los años en que España empezaba a salir de una dictadura que había durado décadas.

Un joven con una cámara

Manel Armengol nació en 1949 en Badalona, cerca de Barcelona. A principios de los años setenta comenzó a trabajar como periodista y a contar la vida de los barrios de su ciudad. Escribía sobre problemas sociales y hacía fotografías para acompañar sus artículos. Nada hacía pensar entonces que llegaría a ser uno de los fotoperiodistas más conocidos de España.

El 1 de febrero de 1976 su vida cambió.

Poco más de dos meses antes había muerto el dictador Francisco Franco. Pero España aún estaba lejos de ser una democracia. Seguía habiendo presos políticos en las cárceles y la policía reprimía las manifestaciones que el poder no autorizaba.

Aquel domingo, numerosas personas se reunieron en Barcelona para exigir libertad y una amnistía para los presos políticos. Armengol estaba allí, cámara en mano.

En el paseo de Sant Joan vio cómo los policías cargaban contra los manifestantes. Algunas personas permanecían sentadas en la calzada y trataban de protegerse de los golpes. Armengol apretó el disparador.

Una de sus fotografías muestra a un agente con la porra levantada sobre un grupo de personas. Entre ellas está el pacifista Ferran Garcia Faria, que intenta cubrirse la cabeza con las manos.

Es una imagen estremecedora. Y desmentía la idea de que la represión estatal hubiera desaparecido con la muerte de Franco.

Fotografías por caminos insólitos

Armengol quería publicar aquellas fotografías. Pero los responsables de los periódicos de Barcelona a los que se las ofreció temían las consecuencias políticas. Imprimirlas les parecía demasiado arriesgado.

El joven periodista decidió buscar otra salida.

En un quiosco consiguió las direcciones de medios extranjeros. Preparó sobres con copias de sus fotografías y se fue al aeropuerto de Barcelona. Allí habló con pasajeros que viajaban a París, Londres y otras grandes ciudades. Algunos aceptaron llevar las imágenes y enviarlas a las redacciones una vez en el extranjero.

Es una historia sorprendente, propia de una época sin internet, teléfonos inteligentes ni transmisión digital de imágenes. Hoy una fotografía puede cruzar el planeta en segundos. Armengol necesitó personas dispuestas a llevar físicamente sus sobres al otro lado de la frontera.

Su ingenio dio resultado.

Las imágenes aparecieron, entre otros medios, en The New York Times, Paris Match, Time y Der Spiegel. El diario estadounidense le envió después una página con su fotografía publicada y un cheque de 150 dólares.

De pronto, las redacciones internacionales conocían su nombre. Lo que había comenzado como el testimonio periodístico de una manifestación se convirtió en una nueva profesión. Armengol pasó a trabajar como reportero gráfico y en los años siguientes informó desde países como Estados Unidos, China, Portugal y Argelia.

Sus imágenes de 1976 se convirtieron en documentos fundamentales de los años que en España conocemos como la Transición: el paso de la dictadura a la democracia.

De las porras a los guerreros de piedra

Pero la trayectoria fotográfica de Armengol todavía iba a dar otro giro inesperado.

En 1980 sufrió un grave accidente. Tras una larga recuperación fue alejándose del ritmo frenético del fotoperiodismo para explorar otros temas.

Le fascinaba especialmente la arquitectura de Antoni Gaudí. En la azotea de la Casa Milà de Barcelona se alzan chimeneas y torres de ventilación de formas insólitas. Con los cambios de luz y sombra parecen figuras misteriosas o guardianes de piedra.

Armengol las convirtió en la serie fotográfica El jardí dels guerrers —«El jardín de los guerreros»—, publicada en forma de libro en 1987.

Más tarde dirigió cada vez más su cámara hacia la naturaleza. Fotografió plantas, olivos centenarios y paisajes. En Herbarium descubrió formas y estructuras en vegetales aparentemente insignificantes. Sus trabajos sobre el agua, el viento y los paisajes volcánicos de Islandia abrieron otros universos visuales.

El fotógrafo que había documentado la violencia en las calles de Barcelona se transformó en un artista capaz de prestar atención también a las cosas silenciosas.

Pero una habilidad permaneció intacta: saber mirar de cerca.

Un olivo antiguo cuenta una historia distinta de una manifestación política. Sin embargo, ambos pueden mostrar cambios que se han producido a lo largo de muchos años.

Cincuenta años después

Manel Armengol no es un desconocido para Revela’t. Ya participó en 2015 con una exposición de sus fotografías de paisajes. Ahora el festival reconoce toda su trayectoria con el Distintiu de Plata, su Distintivo de Plata.

La fecha no es casual. Han pasado exactamente cincuenta años desde aquellas manifestaciones en las que Armengol se convirtió, cámara en mano, en un testigo importante de la historia española.

Sus fotografías recuerdan que el camino de España hacia la democracia no fue automático ni estuvo libre de conflictos. Sus obras posteriores muestran, a la vez, hasta dónde puede llegar la mirada de un fotógrafo.

Es una historia que encaja en un festival dedicado por completo a la fotografía analógica. Quien trabaja con película no puede tomar imágenes sin límite y revisarlas al instante en una pantalla. Disparar, revelar y ampliar forman parte de un proceso que exige atención y paciencia.

Tampoco Armengol podía comprobar sus fotos en una pantalla en 1976. Tenía que reconocer el instante decisivo antes de que desapareciera.

Este viernes, en Vilassar de Dalt, será el protagonista de un festival que celebra las posibilidades de esa fotografía. Los visitantes podrán contemplar sus imágenes históricas y conocer a un artista cuya curiosidad lo llevó mucho más allá del periodismo gráfico.

Hace cincuenta años Armengol tuvo que encontrar caminos insólitos para que sus imágenes llegaran al público. Hoy esas fotografías forman parte de la historia y todavía seguimos mirándolas.