Cuando desaparece el muro: Tesalónica pregunta qué queda del grafiti
Orestis Pangalos forma parte de la escena griega del grafiti desde 1993. Una exposición en Tesalónica muestra ahora lo que ha reunido durante décadas y plantea cómo conservar un arte que, por naturaleza, es efímero.
Orestis Pangalos no conoce el grafiti por los libros. Desde 1993 forma parte de la escena griega. Ha pintado, observado, fotografiado y coleccionado, incluso cuando un muro hacía tiempo que ya había cambiado de aspecto.
Hoy Pangalos es arquitecto, artista, teórico del arte y profesor universitario. Pero cuando el jueves por la tarde se inaugure en el MOMus Experimental Center for the Arts de Tesalónica su exposición «Orestis Pangalos. Works, graffiti, archive», quien nos guiará por este mundo será, ante todo, alguien que forma parte de él.
Un arte que puede desaparecer
Un cuadro de un museo puede permanecer décadas o siglos en la misma pared. En el grafiti las reglas son diferentes.
Se pinta de nuevo una fachada. Se derriba un edificio. La lluvia y el sol cambian los colores. Alguien coloca su propia imagen encima de otra más antigua. A veces una obra permanece visible durante años y, otras veces, solo unos días.
Eso no significa necesariamente que algo haya salido mal. El cambio forma parte del espacio público y, por tanto, también de la historia del grafiti.
Quizá aquí empiece precisamente lo especial de la colección de Pangalos. No esperó años para mirar hacia atrás e intentar averiguar cómo había sido la escena griega del grafiti. Estuvo presente desde comienzos de los años noventa y, al mismo tiempo, empezó a conservar sus huellas. MOMus lo considera hoy una de las figuras más influyentes del grafiti griego y destaca también su contribución decisiva a su documentación histórica.
Más de 500 instantes congelados
Lo que surgió de todo ello difícilmente puede llamarse un simple archivo fotográfico.
En Tesalónica se presentan más de 500 fotografías de grafitis y murales. A ellas se suman vídeos y proyecciones, publicaciones, documentos históricos y objetos recogidos por Pangalos en el espacio público. El material abarca unas cuatro décadas, 14 países, 17 ciudades europeas y 30 ciudades y regiones de Grecia.
Cada fotografía conserva algo que quizá ya no exista.
Hoy un muro puede ser distinto al de la imagen. Un grafiti puede haber desaparecido. Incluso es posible que ya no exista el edificio.
Entonces una fotografía deja de ser simplemente la imagen de un grafiti. Se convierte en la prueba de que alguien dejó una vez una huella en aquel lugar.
Un trozo de calle dentro del museo
En algunas obras, Pangalos fue todavía más lejos.
Partes de su trabajo fueron literalmente desprendidas de aceras, bancos, muros o escalones. Lo que antes pertenecía inseparablemente a un espacio público puede conservarse ahora como fragmento y mostrarse en un museo.
Y ahí la cuestión se complica.
Si un trozo de muro pintado está dentro de un museo, ¿se ha salvado el grafiti?
¿O falta precisamente lo esencial: la calle, el edificio, las personas que pasaban por delante, las otras imágenes de alrededor y la posibilidad de que mañana todo vuelva a ser diferente?
La exposición no ofrece una respuesta sencilla. Tampoco pretende contar una historia completa del grafiti. Fotografías, objetos, publicaciones, obras y fragmentos del paisaje urbano aparecen unos junto a otros. MOMus los describe como distintas formas de memoria. De ellos surge una nueva geografía humana de Tesalónica.
¿A quién pertenece la memoria de una ciudad?
Quizá por eso la exposición termina hablando de algo más que de grafiti.
Las ciudades cambian continuamente. Desaparecen comercios, se reforman edificios y las plazas adquieren de repente otro aspecto. En ese momento, muchas de esas cosas no parecen lo bastante importantes como para conservarlas.
Solo años después comprendemos que con ellas también desapareció una parte de la memoria.
Pangalos reunió algunas de esas memorias antes de que se perdieran. No desde la distancia de un investigador que décadas después intenta reconstruir una cultura juvenil desaparecida, sino como alguien que estuvo allí.
Eso hace que su mirada sea especial.
Y nos devuelve a la pregunta con la que comienza la exposición:
¿Qué queda del grafiti cuando desaparece el muro?
Quizá una fotografía. Quizá un trozo de hormigón. Quizá el recuerdo de un lugar.
Y quizá, a veces, basta con que alguien mire a tiempo.